viernes, 28 de mayo de 2010

Santa Lucia

Sofía, nuevamente soñando despierta, se muerde el labio, hace combinación línea uno, algo va mal y no es que haya salido tarde de su casa, como es costumbre. Sabe que va hacia su propia emboscada, su trampa mal hecha, siente la tensión del adiós, de lo prohibido, de lo que incómoda. La maldita primavera con sus alergias y colores, la vuelven idiota, más somnolienta y menos coherente. Y comienza a jugar en su mente, se arrepiente, se decide, se contradice y titubea, pero el sonido del vagón, la alerta y la hace reaccionar.

Tantas promesas rotas, tantas despedidas, tantos cierres y vueltas. Vuelta a lo mismo, a los mismos labios mordidos por la culpa, volver a él. Todo lo que quiso, todo lo que siempre amó, pero que no fue, cobardemente no fue.

Se promete que esta vez, será la última, que ya no quiere jugar con fuego, que le asusta el deseo que la invade cada vez que lo besa. Cuando por fin lo encuentra, Rodrigo la mira, sus ojos se iluminan con dulzura. Caminan juntos con prudente distancia hacia el Santa Lucia, hablan de lo banal, siempre cómplices y siempre tan amantes.

Mientras suben, pasan a su lado parejas de extranjeros más brillantes que el sol. Un beso y Sofía se arrepiente, no sabe que hace ahí, se odia, lo odia y lo vuelve a querer. Caminan de la mano, se sientan en el pasto de la plaza Pedro de Valdivia, cómplices con tanto amor prohibido que exuda el lugar.

Han agendado la fecha del fin tantas veces que creen que ha caducado, se han odiado, han hecho el amor en un abrazo. Pero no saben que hoy todo quedara en un recuerdo estancado. Se despiden en la plaza circular , junto a la estatua del ángel, testigo mudo del desamor, nada que hacer, tanto , pero tanto que decir, las lagrimas se ahogan en su garganta, quizás lograron ser uno, quizás en otra vida, quizás era la nada único que antes los unía.

domingo, 27 de septiembre de 2009

clichés

Siempre pensó que morir por amor era el cliché más tonto y poco probable en el mundo, nunca lo creyó, pero cuando esa noche metió la llave en la cerradura no pudo creer lo que sus ojos veían, pestañeo rápidamente para entender aquella imagen que llegaba a su cabeza, no, esto no puede ser verdad, se dijo, no, esto no es cierto, y cayó de rodillas, mientras recordaba su día de mierda, su último día junto a ella, su luz, su vida y su muerte.

Se despertó a las 5:45 como acostumbraba, miró a su lado y la vio a ella y aún cuando ya llevaba 5 años en esa rutina, él seguía sorprendiéndose del milagro de tenerla. Para Isidora, no existía tal milagro, el milagro o desgracia más bien dicho por ella, era despertar cada mañana con la sensación de no ser digna de todo lo ocurrido en su vida. No entendía como su vida seguía con ella o sin ella, era como había leído por ahí, sólo se dejaba llevar. Y Pablo, idiota como él solo, hacía proyectos de vida, que deberían cambiarse a una casa más grande para que las niñitas jueguen, claro siempre y cuando convenciera a su amada Isidora de querer hacer a las niñitas, nunca comprendió porque ella encontraba el motivo para postergarlo todo, muchas veces pensaba que era porque tenía cosas mejores en mente y nunca entendió, pero sin embargo, él la seguía amando con esa locura de adolescente, con esa locura torpe y ciega.

El desgano siempre le ganó y se escudaba en su mudo y cobarde silencio, se dejaba amar y por lo menos alguien era feliz, hacía feliz a Pablo, que tontamente la ahogaba con su amor y aún así no la veía, no veía nada en ella, sólo lograba idealizarla y no hay nada peor que eso, que te idealicen y que te amen por algo que no eres y que nunca serás, se repetía una y otra vez, sin lograr hacer algo con aquel sentimiento, hasta ese día de mierda, logró calcular todo fríamente, pensó que el perfecto de Pablo iría a trabajar como siempre y la dejaría sola con sus pensamientos, sólo que esta vez todo sería distinto, ya harta de hacer feliz al mundo, decidió que hoy sería el final, así que cuando Pablo la beso tiernamente antes de irse, lo beso con la vida que ya no tendría.

Cuando llego a su oficina y se topó con la frase de ‘reducción de personal’ dijo adiós a sus sueños, adiós a las niñitas, adiós a la felicidad de Isidora, adiós a todo y bienvenido el titulo de ser una cifra más de cesantía en este puto país, a no ser por ese pequeño trozo de papel que estaba en el bolsillo de su chaqueta, “Inauguración nuevo casino … haga sus sueños realidad”, cuando se cierra una puerta Dios abre una ventana, se dijo con sus ojos esperanzados. No tenía nada que perder, su seguro lo cubriría los próximos meses si perdía todo su finiquito, además sólo debía saber cuándo retirarse y él, que toda su vida había sido practico, veía en esta la oportunidad de una locura medida, no lo pensó dos veces y empezó a manejar al casino.

Juntó todas las cartas de Pablo, aquellas que releía cuando su fe empezaba a fallar pero hoy era distinto, hoy no servían y sólo quería que desaparecieran junto con su torpe existencia, camino por toda su casa de muñecas, se detuvo en la cocina para tener el objeto acorde a la ocasión y se quedo en la sala de estar, tan blanca e iluminada como ella, todo estaba decidido, era el día en que todo acabaría ahí.

Apostó en el número 15 rojo, 15 porque era el día en que la conoció y rojo por el color de la boca que tanto le gustaba morder, Pablo era así, un idiota enamorado, práctico, pero idiota, en la primera apuesta perdió, en la segunda y tercera también, pensó en cambiar el número y aunque no creía en la suerte, adoraba ese número, siempre lo marcaba en su calendario por adelantado, ponía la alarma de su celular para que le avisara una semana antes de aquella fecha tan atesorada y hoy a pesar de la reducción de personal era 15, tanto destino junto no me va traicionar, se dijo y aposto todo al 15 rojo nuevamente, la ruleta no paraba de girar, cerró los ojos un momento, pensó en las niñitas, en la casa, en los próximos años y en la vida que quería realizar, cuando sus ojos se abrieron, la bolita estaba en el rojo 15, le pasaron unas cuantas fichas y dijo con aire del tipo cool que era, hay que saber cuándo retirarse, tranquilamente fue a cambiar las fichas, mientras en su interior gritaba de la alegría, gritaba por las niñitas, por su Isidora que seguramente lo esperaba tan linda como siempre, cuando le dieron el cambio se sorprendió de nuevo, porque no se había percatado que había ganado nada menos que un millón de pesos, ¡Un millón! se dijo, pero no flaqueo ni demostró emoción alguna, salió del casino y tomó la ruta más corta para llegar luego a casa.

Cuando cayó de rodillas descubrió que el puto 15 se reía en su cara, vio roja la alfombra que antiguamente era blanca y la vio a ella tendida en la alfombra, la miro tan linda como la recordaba; por momentos no alcanzo a formular ningún pensamiento coherente, trato de responder cosas que nunca supo ni sabría, mientras tanto, se acercaba a ella, por última vez beso sus helados labios, tomó aquello que tenía en su mano derecha, la miro tiernamente y supo que tenía que retirarse.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Experimento

Y seguidamente se repetía, que prefería vivir en una mentira que enfrentar la verdad, característica que él siempre encontró cobarde, pero que a la vez le fascinaba, le gustaba jugar con los hilos de sus palabras. Desde hace una hora el mentiroso compulsivo estaba en la terraza, jugando en su mente, fumando con estilo, mirándola a ella, su nuevo enigma. La tenía en sus manos, lo sabía y sólo disfrutaría el momento una vez más.

Tocándole el hombro, le dio una copa de vino, sorprendida, ella se sonrojo y sonrío. Se excusó diciendo que ella, no era de esa clase de mujer, que era la primera vez que aceptaba la invitación de un extraño. El mentiroso la miro a los ojos, se acerco y la beso. Le dijo que andaba solo por la vida, que no quería sexo fácil, sólo quería que alguien lo mimara esa noche, porque se sentía solo. Ella, media enamorada, media borracha, se encontraba en una jaula con leones.

Le dijo una a una, las palabras correctas, desmenuzo su alma. La práctica lo convertía en un jugador hábil. Y ella sólo se dejaba envolver, sus palabras la seducían, la ilusión se hacía realidad. Se dejó llevar. No se dio cuenta, cuando su ropa ya no estaba en su lugar. Ella, media enamorada, media aturdida, no entendía. Ella, media enamorada, media arrepentida. Ella se durmió en sus brazos.

Él, quería anotarse cinco puntos extra por el juego de anoche, sus hilos eran perfectos. Su conciencia de roca y su lema de que sólo es ciego el que no quiere ver. La mujer seguía durmiendo.Él, ya vestido, tranquilamente enciende un cigarrillo, abre la puerta y echa a correr calle abajo, mirando cuidadosamente a su próximo experimento.

miércoles, 5 de agosto de 2009

remember*

Hoy los vi, cerca de la plaza, él con su querida, ella con su trofeo y la falsa felicidad. Se me apretó el estomago, pero aún así los seguí. Entraron en un hotel y me quedé afuera, sigilosa, vigilando cada detalle de ese hotel. Y pasaron los minutos, las horas y yo, esperando, esperando de la nada un milagro.

Él nos olvido, olvido como eran nuestros viernes, las caricias silenciosas, el beso de cumpleaños, las noches enteras jugando, olvido todo y olvido nada.

El destino caprichoso nos junto en esta ciudad, la que tantas veces recorrimos juntos. Ya no lo conozco, ni él a mí, ya no somos nada, cuando antes, nos uníamos contra el mundo.

Mientras el atardecer comenzaba a aparecer los recuerdos bailaban en mi mente, como cuando me buscaste en el colegio para llevarme al cine, como cuando le compramos a mamá el bolso que ahora yo cargaba, tantos como, tantos recuerdos, tanta espera. Y yo ahí sin saber bien qué hacer.

No te diste cuenta cuando te vi, pusiste cara de asombro, la misma de hace diez años. Yo, con mis ojos casi ciegos, te miré o por lo menos traté y empecé a caminar hacia ti, el milagro sucedía y no quería perdérmelo, te hice señas y tú seguías con la cara de desmemoriado. Me exalté, traté de correr y caí, pero no dolió, porque lo único importante era verte de cerca, abrazarte y hacer que me recordaras, que nos recordaras, aunque fuera una última vez.

Te grité, y seguías sin entender, entré al hotel, ascensor, piso tres. Al llegar al piso no encontraba la puerta correcta, hasta que tú, tú, saliste de una puerta. No me reconociste, sólo miraste el bolso. Y te abracé, pero con un empujón me alejaste, me enrostraste una vez más que no me conocías. Aunque la verdad era, que era yo la que ya no te conocía, la que no reconocía tu mirada. Aguanté el llanto, te mire y te conté el detalle, te dije que aunque no lo comprendieras y aunque no lo recordaras la mamá había muerto. Tu querida salió de la habitación, te llamo y tú entraste con ella, como si no hubieras escuchado nada. Y quizás así fue, ya no lo recuerdo, creo que te olvide, ya no sé si eras tú o si sólo te confundí con alguien más. Ya no sé nada y lo sé todo, tú me olvidaste y por eso yo, ya te olvide.